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La gracia

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  Pienso que tuve a la gracia siempre conmigo, desde muy pequeña, me veo libre, fuerte, desatada en carreras y curiosidad, sin miedo. En algún momento la empecé a resistir, a evitar, a querer incluso desterrarla de mi vida. La primera pérdida de mi madre, tal vez, o algún otro suceso, externo o interno, pudieron haber iniciado en mí esta negación de mi gracia. Ahora mismo pienso que no importa tanto averiguar qué fue, a pesar de que por largos años pensé que era indispensable saberlo, sumida todavía, probablemente, en la ciénaga del pensamiento crítico que nos conmina a esmerarnos en desconfiar de nosotras mismas y en deconstruirnos . Hoy no me importa porque descubrí algo más importante, que deja a ese extravío contenido dentro algo más grande, fuerte y decisivo para mi vida. Ese descubrimiento es la permanencia de la gracia en mi vida… Epifanía de ser mujer, la llamé hace un par de años, cuando supe por fin de mi diferencia sexual, caí en ella, de la mano de otras mujeres. Es