A propósito de una agresión: la política y las feministas


Hace poco ha ocurrido en Argentina una agresión por parte de un trans hacia una feminista radical, en el contexto de la asamblea pro-organización de la marcha feminista del próximo 8 de marzo.

Este hombre, que se identifica a sí mismo como "mujer", ha impedido que dicha feminista lea la declaración del grupo radical al que pertenece, en la cual manifestaba una serie de posicionamientos sobre lo que implica el feminismo, la marcha, etc. Lo ha impedido a golpes y con el apoyo explícito de un sector, me atrevo a decir, mayoritario, de las mujeres que se encontraban allí. Todas ellas convocadas por el feminismo...

En primer lugar, el hecho es repudiable, inaceptable, ofensivo e injustificable.

La mayor parte de las mujeres, feministas o no, repudia la violencia de los hombres contra las mujeres. En el caso de esta agresión, sin embargo, ha concitado el apoyo de un buen número de mujeres que se declara abiertamente feminista.

Y creo que este último punto merece algún análisis, no para levantar o bajar consignas, sino para intentar comprender en qué feminismo caben, no solo los hombres, sino también la misoginia (más o menos solapada).

Una misoginia que puede implicar golpes, como en el caso aludido, o una defensa de la prostitución, o escraches salvajes a otras mujeres, la censura de ideas feministas, la censura y el borramiento de las propias mujeres, de su existencia, que ha sido, no olvidemos, el primer y más crucial paso dado por el transactivismo...

He leído reclamos, justamente indignados, pero absurdos, sobre "expulsar" del feminismo a las mujeres que apoyaron esta agresión. Son absurdos porque el feminismo no es un partido político, aunque se pretenda, a mi juicio, erradamente, que opere así. 
Y también pienso que es la pretensión de que opere como un partido lo que ha abierto el camino a que sucedan este tipo de agresiones. Así como a expresiones más graves y profundas de pérdida del sentido de ser mujer y de las posibilidades de serlo libremente.

Creo que un feminismo reivindicativo, militante, empeñado en conseguir la masividad y que se estructura en torno a marchas demandantes, consignas, y que tiene por grandes interlocutores al Estado y a los hombres (y el Estado son los hombres), es un feminismo que se abre a los hombres, sea como sea la forma en que éstos se autoperciban (aliados, deconstruidos, feministos o "mujeres trans").

Desde mi punto de vista, este es un feminismo que se piensa a sí mismo como un bloque ideológico, casi partidista, y pide derechos y garantías al patriarcado, en un interminable listado de demandas, que abarca desde solicitar a los hombres que no nos maten o violen, reclama el aborto como derecho (?), la igualdad salarial y leyes de cuotas, hasta llegar al apoyo al pueblo bolivariano, la solicitud del cupo trans, la legalización de la prostitución y la libertad de los presos políticos equis...

El eterno reclamo de derechos, pues: ¿a quién se dirige? ¿quién "garantiza" derechos sino el Estado? Y si seguimos en la línea del Derecho, ¿cómo podríamos excluir a cualquier grupo humano de estas movilizaciones?

Imagen de: https://www.laizquierdadiario.cl/  (26 de enero de 2018). Celebra la formación de un grupo supuestamente feminista dentro del congreso chileno, formado por mujeres diputadas pertenecientes a partidos de derecha e izquierda.

En el fondo, esta forma de comprender la política no es más que un desarrollo de la vieja y masculina defensa de los Derechos Humanos. Francamente, si pedimos una marcha, una convocatoria o una asamblea de "solo mujeres", traicionamos las lógicas de la igualdad (summun de los derechos del feminismo decimonónico) y caemos en la negación de derechos, pecado moderno por excelencia, e imperdonable.

Sabemos que la noción de "derecho", y hasta la de "libertad" moderna, son expresiones extremas del individualismo de los hombres modernos, así lo atestiguan toda la práctica política, los sistemas económicos y las legislaciones que de allí han surgido. Más aún, solo en esta forma de comprender la vida humana puede entenderse que la autopercepción, aún reñida con la realidad y con la verdad, sea reclamada como un valor sagrado (en el sentido religioso de sagrado, o sea, dogmático y tercamente cerrado a cualquier intento de crítica o reflexión).

Y el transactivismo se funde no solo con el individualismo extremo, sino también con la premisa de igualdad sexual, que niega mediante la concepción de sujeto inmaterial-abstracto la existencia real de dos sexos. 
Sujeto imposible, argucia mañosa y misógina que sirvió por cientos de años para encubrir la maniobra de poner a los hombres en el lugar de la humanidad y hoy se recicla para desdibujar la diferencia sexual femenina.

Marchar para exigir, suplicar o demandar derechos... 
La verdad, las diferencias son cosméticas. La apelación sigue dirigiéndose a la falsedad política creada por los hombres, se encarne ésta en el Estado, el Pueblo o la Nación, la Justicia, la Igualdad o los Derechos a, b y c... o la cobertura televisiva más espectacular. Nos dirigimos a los hombres.

Por cierto, se trata de una comprensión de la política de las mujeres elaborada desde las lógicas masculinas, principalmente de la izquierda misógina, que aún piensa en la revolución armada y la toma violenta de palacios de gobierno. 
Gestos espectaculares de una liberación que corre por cuenta ajena, que viene desde afuera y rompe cadenas a martillazos, y que poco piensa en mujeres pensándose y viviendo en un ahora significativo. Una liberación eternamente suspendida cual promesa cristiana... o marxista.

Por algo se repite tanto la imposible fórmula "caída del patriarcado" o "va a a caer", como si se tratara de un Tirano con nombre y apellido al que sacar a rastras de su sillón y quemar en la plaza.

No se trata de que justifique ni minimice la violencia rastrera de este hombre en particular, sino de que nosotras mismas intentemos comprender los peligros que entraña esta pelea-negociación constante con el patriarcado y con todos sus hombres (golpeadores o no), instituciones y prácticas.

Muchas veces he escrito algo como "sacar a los hombres del centro de nuestras vidas", para referirme a mi entendimiento de lesbianismo. Hoy creo que eso también se puede expresar con la idea de un feminismo que parta de nosotras, y que se experimente en la vida, entre nosotras, con nuestras propias dudas y conflictos (que no son pocos). Un feminismo en relación honesta con nosotras mismas y con la() otra(s).

Y si lo hacemos, no tendremos que expulsar a nadie, ni proclamar consignas ni probar ante los ojos de los hombres lo justo y lo válido de nuestras propias existencias.

(17 de febrero de 2019).

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