Las políticas de identidad de género y la negación de la obra de la madre

Judy Chicago – Birth Power, 1984


Carla Lonzi: “La diferencia es un principio existencial que se refiere a los modos del ser humano (…) La diferencia entre mujer y hombre es la básica de la humanidad (…) El mundo de la igualdad es el mundo de la superchería legalizada, de lo unidimensional; el mundo de la diferencia es el mundo en el que el terrorismo depone las armas y la superchería cede al respeto de la variedad y multiplicidad de la vida. La igualdad entre los sexos es el ropaje con el que se disfraza hoy la inferioridad de la mujer.” (Escupamos sobre Hegel).

Pensar al ser humano como un todo informe, en blanco, moldeable al extremo y sin sustancia, es justo lo contrario de respetar la diversidad humana. Negar la diferencia mujer-hombre en su único plano existente, la sexual, es plantear un nuevo igualismo extremo, homogenizador y tiránico.

Que la premisa del igualismo se plantee en estos días bajo la forma de “progresismo” y “tolerancia”, para pensar en el ser humano como una criatura que viene al mundo carente de sexo y cuyo cuerpo constituye un dato secundario y manipulable, es necesario imaginarlo como un vacío inicial, un punto cero, un papel en blanco y una nada a ser completada por los contenidos de la cultura imperante.

Lo más curioso y cruel, es que cada día se abren más paso estas creencias que atribuyen esa “nada” a bebés, niñas y niños, pequeños seres humanos que, según este enfoque, pueden optar por ser mujer u hombre de acuerdo a unos gustos que les nacerán espontáneamente un día u otro.

Y es que este período impreciso, por todo lo que he leído, puede iniciarse a los tres, ocho o veinte años, lo que parece dar a entender que indefinidos o no, al tiempo que el cuerpo se vuele un dato descartable, los impulsos genéricos no lo son[1].

Y estos impulsos, quién puede dudarlo analizando la cultura vigente, están ferozmente moldeados por los prejuicios sexistas que las feministas siempre hemos tratado de poner en cuestionamiento. Hoy más que nunca la producción cultural dirigida a niñas y niños está enfocada a difundir valores masculinos y femeninos (a la usanza patriarcal): azul, autos y acción para niños, rosa, moda y coquetería para niñas.

Lo que vale entonces, no es una supuesta libertad alcanzable sin definirse en modo alguno, sino la libertad de elegir entre los modelos que el patriarcado tardío ofrece al alcance de la mano a una masa de consumidores ávidos de identidad (implicados o no hormonas y cirugías de mutilación genital, esto no se mueve un ápice de las lógicas del mercado neoliberal).

¿Qué es despreciado y negado, finalmente, con estas políticas?

El cuerpo, el cuerpo como obra de la madre.

Lo han señalado feministas de la diferencia como Luisa Muraro: el cuerpo es obra de la madre. El cuerpo es un don de la madre, al igual que lo es el lenguaje, y es también un don que nos sitúa en nuestro lugar exacto en el mundo, como mujer u hombre, experiméntandolo plenamente desde nuestra diferencia sexual (mientras que el lenguaje nos posibilita entrar en relación con el mundo y nombrarlo, acceder a la realidad humanamente).

Cada vez que se toma el cuerpo sano de una niña o de un niño, y se lo mutila, se lo violenta, lo que se está también destruyendo es la obra de la madre.

El patriarcado siempre ha temido este poder de las mujeres, lo teme y lo niega: el poder creador de la vida por excelencia. Y entre las formas que ha encontrado para negar la obra materna está el ensañamiento con el cuerpo: hacer la guerra y dar la muerte, hacer la guerra y tomar cuerpos sexuados femeninos como cosas (botín de guerra). Son algunas de las formas en que este odio y este miedo se han expresado para destruir la amada obra de la madre[2].

Pero también hay una pretensión perversa de “corregir” el cuerpo, que se ha expresado a través de la mutilación genital a las niñas. que no causalmente se concentran en extirpar el clítoris de las jovencitas, original y único órgano de placer femenino, el vendado de pies en China (denominada “pie de loto”), el engordar niñas, la imposición del uso de tacones y maquillaje, ropas incómodas que impiden el movimiento libre o son incluso dañinas para la salud, el culto a la delgadez extrema, las cirugías estéticas, incluidos los aberrantes implantes de senos, etc., son todas prácticas que suelen imponerse para hacer los cuerpos de las mujeres agradables a los hombres, satisfactorios a la idea que los hombres tienen de lo que un cuerpo de mujer debería ser.

Desde la interpretación que intento elaborar, se trata de un continuo patriarcal que evidencia el odio hacia el cuerpo y a la obra de la madre, que se intenta retorcer y dominar con la excusa de corregir supuestos defectos  que no existen más que en los ojos que miran con la mirada del (des)orden simbólico masculino.

Jugar a “arreglar” los cuerpos, es otra maniobra nefasta, es una forma de decir que la madre lo ha hecho mal, como suelen hacer mal las mujeres, necesariamente incapaces, débiles, torpes, para que la dominación patriarcal siga legitimándose.
Ese hermoso cuerpo sexuado que gestó por nueve meses y parió, no es real. Es más, puede estar tan mal que amerita ser reparado. Eso nos dicen hoy: “soy una niña atrapada en el cuerpo de un niño”.

Si la obra de la madre fuera amada, y si la autoridad de la madre fuera respetada (en el sentido de que es la autora de nuestros cuerpos y la dadora del lenguaje para nombrarnos y nombrar el mundo), a nadie se le ocurriría que se puede nacer en el `cuerpo equivocado’.

La autora de la diferencia sexual humana, la que nos gesta y pare mujeres u hombres, la que gesta y pare a mujeres y a hombres, es la madre. Y en cada cuerpo creado y traído al mundo la diferencia sexual está inscrita.

La homogenización, el régimen Del Uno, se apoyan una vez más en la superchería legal, y ya tenemos bebés que al nacer son calificados como de sexo “indeterminado”. Lo que hace la madre la ley lo niega. Y en un movimiento de astucia patriarcal, se lo atribuye a sí misma, al darse la facultad de determinar si un ser humano es mujer u hombre por medio de un reconocimiento jurídico arbitrario y caprichoso. Arbitrario y caprichoso como suele ser el patriarcado.

Y si se niega la diferencia primordial, la que hace posible a la humanidad, la existencia de mujeres y de hombres: ¿de qué diversidad hablan?

Lo que hay es igualismo y más igualismo, la unidimensionalidad del UNO bajo un nuevo disfraz y unas prácticas de odio al cuerpo que solo el buen (sic) patriarcado puede sostener.


D.F.A.


[1] Hace poco en Argentina se le asignó el nombre social femenino a un pequeño de tres años. Mientras, en Canadá, nace un ser humano cuyos documentos no contienen información respecto a su sexo.
[2] Las prácticas de ensañamiento de los hombres contra el cuerpo de las mujeres requieren especial atención, por cierto. También existen sobre el cuerpo de los niños, como es el caso de la tradicional circuncisión. Sin embargo, se puede decir que con la invasión del transactivismo y la subsiguiente explosión de niños (y adolescentes) con disforia de género, por primera vez en la historia, al menos en las naciones occidentales, los niños se ven expuestos a prácticas tan intensivas de control y corrección de sus cuerpos.

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